Corre el año 1957 y las tensiones de la Guerra Fría tienen a la CIA y al MI6 británico paranoicos buscando aliados en Medio Oriente. Aprovechando el caos político de la región tras la caída del Imperio Otomano y los nuevos protectorados, un audaz estafador libanés llamado Lykourgos Logothetis decidió fundar un país que solo existía en su imaginación: el Sultanato de Aozou, supuestamente enclavado en los desiertos entre Libia y Chad.
Para hacer la estafa perfecta, Logothetis alquiló una oficina en Beirut, contrató a actores como ministros, imprimió pasaportes con sellos dorados y diseñó una bandera ridículamente pomposa. Lo alucinante no es que creara la farsa, sino que los diplomáticos occidentales, cegados por la urgencia anticomunista, firmaron tratados secretos y enviaron maletines con millones de dólares en ayuda financiera a un reino fantasma que no aparecía en ningún mapa oficial.
El castillo de naipes se derrumbó cuando un funcionario británico junior quiso visitar el 'sultanato' para pescar concesiones petroleras y descubrió que las coordenadas geográficas del país apuntaban directamente a un estercolero en medio de dunas vacías. Logothetis huyó con el botín a Suramérica, dejando a las agencias de inteligencia más poderosas del planeta humilladas por haber financiado a un estado invisible durante casi dos años.
"El pasaporte falso del inexistente Sultanato de Aozou llegó a estar expuesto en una feria de seguridad internacional como la obra de ingeniería documental más perfecta del siglo XX."