A finales del siglo XVIII, mientras los cirujanos de todo el planeta aún operaban amputando miembros a pacientes plenamente conscientes y amarrados, un médico japonés llamado Hanaoka Seishū se obsesionó con apagar el dolor. Inspirado en textos taoístas prohibidos y tratados botánicos holandeses, Seishū concibió en la provincia de Kii una poción bautizada como Tsūsensan. El brebaje contenía una mezcla potencialmente mortal de trompeta del diablo y acónito, un neurotóxico vegetal tan virulento que ningún mono o perro sobrevivía a los ensayos.
Desesperado porque los animales no podían explicar la pérdida de sensibilidad, el médico se topó con un problema doméstico tan bizarro como trágico. Su anciana madre y su joven esposa iniciaron una guerra de celos para ver quién era el sujeto de pruebas, buscando demostrar cuál de las dos lo amaba más. Ambas consumieron cócteles cada vez más concentrados en un experimento casero fuera de control: las mujeres caían en comas catalépticos de tres días entre delirios y convulsiones, mientras Seishū tomaba notas meticulosas.
El experimento accidentalmente cruzó el límite biológico en 1799. La esposa de Seishū, Kae, perdió la vista para siempre debido al veneno ocular de la belladona, y su madre murió poco después a causa de los daños orgánicos acumulados. Sin embargo, aquel sangriento sacrificio doméstico arrojó la dosis exacta: en 1804, el médico utilizó el brebaje para extirpar con éxito el tumor de mama de una paciente dormida, adelantándose cuatro décadas completas a la invención del éter en Occidente.
El emperador reconoció formalmente su método, pero la fórmula exacta del brebaje permaneció bajo un juramento familiar de silencio durante más de cien años para evitar suicidios masivos.
"La primera anestesia general exitosa de la historia médica mundial no nació en un quirófano moderno, sino de una competencia tóxica entre una suegra y su nuera en una granja japonesa."