En agosto de 1951, en plena tensión de la Guerra Fría, la apacible villa de Pont-Saint-Esprit, en el sur de Francia, se transformó de repente en un auténtico manicomio a cielo abierto. En cuestión de horas, cientos de vecinos comenzaron a sufrir intensos dolores estomacales seguidos de alucinaciones aterradoras e incontrolables episodios de histeria colectiva. Nadie comprendía qué estaba ocurriendo: personas respetables se lanzaban a las calles aullando de dolor, afirmando que sus vientres estaban siendo devorados por serpientes de fuego o que sus cuerpos se habían vuelto de cristal.
El pánico desbordó por completo las salas de urgencias y a los médicos locales. Un hombre de 55 años, convencido de que era un avión de combate, saltó al vacío desde un segundo piso rompiéndose ambas piernas y, pese a las fracturas expuestas, se levantó y continuó corriendo frenéticamente 50 metros sobre el asfalto. Al mismo tiempo, un niño de once años intentaba asfixiar a su propia madre gritando que un monstruo con garras surgía del techo, mientras decenas de aldeanos debían ser atados a sus camas con cuerdas de barco para evitar que se arrancaran la piel o se arrojaran al río Ródano.
El brote dejó cinco muertos directos, más de cincuenta internados en asilos psiquiátricos y a un pueblo traumatizado para siempre. Las autoridades sanitarias descubrieron que la causa fue una partida de harina contaminada con cornezuelo, un hongo parásito del centeno que contiene alcaloides precursores directos del LSD. Aunque durante décadas circularon documentos desclasificados que sugerían un encubierto experimento de guerra química y psicológica de la CIA, el caso quedó judicialmente sellado como el episodio de envenenamiento alucinógeno accidental más pavoroso del siglo XX europeo.
"Para calmar a los pacientes más descontrolados, los médicos del pueblo tuvieron que recurrir a electrochoques en pasillos improvisados porque se habían agotado los sedantes de toda la región."