En la Navidad de 1750, en una fría casa de Filadelfia, Benjamin Franklin no buscaba curar a nadie, sino preparar un banquete. El erudito estaba convencido de que matar animales con descargas eléctricas rompía las fibras musculares y dejaba la carne asombrosamente tierna. Para demostrarlo ante un grupo de amigos curiosos, conectó una batería de enormes botellas de Leyden —primitivos condensadores de alto voltaje— destinadas a fulminar instantáneamente a un pavo de diez libras sobre una mesa de madera.
El espectáculo culinario se desvió hacia el horror médico en una fracción de segundo. Distraído mientras charlaba con sus invitados, Franklin tocó accidentalmente el cable conductor con una mano mientras sostenía la cadena de tierra con la otra; la brutal descarga atravesó su pecho y su cráneo en un estallido cegador. El científico se desplomó noqueado en seco. Al recobrar el conocimiento, Franklin estaba sordo, su cuerpo convulsionaba involuntariamente y había perdido la memoria a corto plazo, incapaz de entender por qué yacía en el piso entre vidrios rotos y olor a ozono.
Al recuperarse del shock, Franklin constató algo insólito: la corriente no le había desgarrado la piel ni quemado los órganos, sino que había reiniciado por completo su sistema nervioso. Fascinado por el accidente, abrió en su propia casa la primera clínica de electroterapia de Norteamérica, aplicando sacudidas controladas a vecinos con parálisis facial y temblores musculares. Aquel pavo indultado por error terminó sentando las bases documentadas de la terapia electroconvulsiva y los futuros desfibriladores cardíacos.
El científico cerró su informe oficial del accidente con una ironía demoledora: confesó que esa tarde pretendía matar a un pavo, pero estuvo a punto de liquidar a un ganso, refiriéndose a sí mismo.
"La descarga que derribó a Franklin fue tan potente que los testigos aseguraron haber visto chispas azules salir disparadas por la punta de sus dedos y el marco de sus lentes."