En la Europa de la Ilustración, la electricidad era la nueva frontera de la ciencia y el misterio, un fenómeno invisible que fascinaba a las élites. En 1803, el físico italiano Giovanni Aldini decidió llevar esta fuerza al límite absoluto en las frías y lúgubres salas de disección de Londres. Utilizando una gigantesca batería voltaica, buscaba demostrar que la electricidad era el fluido vital que controlaba los músculos y los nervios.
Para su demostración pública, consiguió el cuerpo recién ahorcado del criminal George Forster y conectó potentes arcos eléctricos directamente al rostro y extremidades del difunto. Ante la aterrorizada y fascinada mirada de los espectadores, el cadáver comenzó a sacudirse violentamente: abrió un ojo de manera escalofriante, levantó la mano derecha y rechinó los dientes, simulando estar a punto de regresar de la muerte.
Aunque el público creyó por momentos que presenciaba un milagro científico, el cuerpo jamás recuperó la vida y el experimento concluyó con la certeza de que la electricidad solo estimulaba el tejido muscular inerte. Sin embargo, esta bizarra y macabra demostración quedó grabada en la memoria colectiva, sirviendo como la inspiración directa para que Mary Shelley escribiera su icónica novela 'Frankenstein' pocos años después.
"El sobrino de Aldini, Luigi Galvani, descubrió accidentalmente la bioelectricidad al ver cómo las ancas de una rana muerta se estremecían al tocar el bistec con un escalpelo cargado."