Corría el otoño de 1798 en Norteamérica cuando el infame contrabandista y falsificador Leonard Dobbins fue capturado y confinado en la notoria prisión de Montreal, un fortín de piedra con muros de metro y medio de espesor. Las autoridades coloniales británicas presumían que el complejo era un infierno inexpugnable del cual ningún criminal había logrado salir con vida, convirtiéndolo en el depósito definitivo para los elementos más peligrosos de la frontera.
A pesar de la vigilancia implacable, Dobbins no tardó en orquestar un plan de escape que rozaba la locura: durante semanas, se ganó la confianza de un guardia sobornable mientras recolectaba diminutos trozos de metal, grasa animal y astillas de madera de su propia letrina. En plena noche tormentosa, utilizando una falsa llave esculpida a mano y un disfraz hecho con sacos de harina robados, caminó por la puerta principal saludando con total naturalidad al sargento de guardia.
El impacto del suceso sacudió los cimientos del gobierno colonial británico, obligando a emitir una orden de captura continental que prometía una fortuna por su cabeza. Dobbins logró cruzar la frontera hacia los territorios del sur, desvaneciéndose para siempre en la historia criminal de Norteamérica y dejando en ridículo al mismísimo gobernador militar.
"Leonard Dobbins dejó una nota de burla sobre su celda agradeciendo a los carceleros por la excelente hospitalidad y el 'cómodo calabozo'."