En el otoño de 1675, la colonia de Massachusetts enfrentaba el colapso absoluto durante la Guerra del Rey Felipe, la contienda per cápita más letal en la historia del continente. Mientras decenas de aldeas quedaban reducidas a cenizas y los milicianos coloniales caían emboscados en los bosques, los magistrados y clérigos de Boston concluyeron que la catástrofe bélica no se debía a errores tácticos ni a la superioridad del líder nativo Metacomet. Convencidos de que el Dios puritano los estaba aniquilando a través de flechas enemigas como castigo por la vanidad estética, el Tribunal General promulgó en noviembre un paquete de ordenanzas de emergencia que conmocionó a los colonos.
El edicto legisló que la ira divina había sido desatada por dos abominaciones específicas: los escotes descubiertos de las mujeres y, sobre todo, el pecado imperdonable de los hombres que usaban el cabello largo o pelucas exuberantes. Con las tropas combatiendo en el frente, los alguaciles iniciaron una insólita cacería en pueblos como Ipswich y Salem, arrestando a veteranos de guerra y comerciantes para arrastrarlos a los tribunales. Líderes religiosos como Increase Mather proclamaron desde los púlpitos que la cabellera larga afeminaba a la sociedad cristiana y transformaba la pólvora de los mosquetes en polvo inútil, mientras los jueces imponían multas aplastantes a quien se negara a pasar por las tijeras del barbero público.
La ofensiva judicial contra los peinados desató una rebelión silenciosa que fracturó para siempre el férreo control moral del clero en Nueva Inglaterra. Miles de jóvenes y soldados en activo optaron por desacatar públicamente a los magistrados, argumentando que el fanatismo teocrático estaba costando vidas reales al priorizar la longitud del cabello sobre la defensa militar. Este absurdo juicio colectivo marcó el inicio del descontento secular que culminó apenas una década después, en 1684, cuando la Corona británica revocó la carta colonial de Massachusetts y puso fin definitivo al poder judicial absoluto de los patriarcas puritanos.
Un soldado de la milicia llamado John Whipple fue llevado a juicio por llevar melena justo después de haber sobrevivido a una masacre en el bosque, convirtiéndose en el símbolo del hartazgo popular contra las leyes puritanas.
"Tan extrema era la obsesión puritana contra las pelucas masculinas que algunos predicadores exigían enterrar a los difuntos con la cabeza rapada para que Dios los reconociera en el Juicio Final."