En el sofocante verano de 1331, la provincia de Hebei, bajo el dominio del Imperio Mongol de la dinastía Yuan, fue escenario de un fenómeno tan asqueroso como aterrorizante. Millones de ranas cayeron de repente del cielo sobre aldeas enteras, cubriendo los caminos, tejados y campos de cultivo con una alfombra viviente y viscosa que paralizó el comercio local y sembró el pánico.
Para los supersticiosos habitantes de la época, esta brutal plaga no era una simple rareza climática, sino un mensaje directo del Mandato del Cielo advirtiendo sobre la caída inminente del emperador. La histeria colectiva desató el caos absoluto cuando, empujados por el hambre extrema de una mala cosecha previa, los campesinos ignoraron los presagios y cocinaron a los anfibios, provocando una masiva y fulminante intoxicación mortal en la región.
Las crónicas oficiales de la época registraron este evento no solo como un desastre natural, sino como el preludio de una década catastrófica marcada por hambrunas bíblicas y revueltas que diezmaron la población antes de la llegada de la Peste Negra. El misterio meteorológico nunca fue explicado científicamente, quedando para siempre en los anales imperiales como el día en que la tierra y el cielo conspiraron contra China.
"Los cronistas de la dinastía Yuan anotaron que el croar incesante de los millones de ranas antes de morir intoxicadas se escuchaba a más de diez kilómetros a la redonda."