En agosto de 1861, durante una agotadora expedición por el río Zambeze junto al explorador David Livingstone, el médico escocés John Kirk recolectó semillas del temible veneno 'kombé', una sustancia letal que las tribus locales untaban en sus flechas para derribar presas en minutos. Kirk guardó las vainas secas de la planta Strophanthus kombé en su equipaje de lona, sin notar que varias de ellas se rompieron y contaminaron por completo las cerdas de su propio cepillo de dientes.
A la mañana siguiente, Kirk completó su higiene bucal sin sospechar el peligro. A los pocos segundos de frotarse la boca, sintió un amargor insoportable y una opresión fulminante: su pulso cardíaco se desplomó de forma abrupta, dejándolo al borde del desmayo sobre la arena. Esperando el paro cardíaco definitivo que mataba a los animales cazados, Kirk tomó su propio pulso y notó algo inexplicable: el veneno frenó las palpitaciones descontroladas y estabilizó su corazón con una fuerza monumental, devolviéndole la compostura en lugar de matarlo.
Comprendiendo que había tropezado por negligencia con un hallazgo médico extraordinario, Kirk documentó el suceso y remitió las plantas a la Universidad de Edimburgo. Años más tarde, el farmacólogo Thomas Richard Fraser aisló la molécula activa bautizada como estrofantina, un glucósido que superaba en rapidez a la digitalina. El tropiezo higiénico de Kirk en la selva transformó un arma de guerra tribal en uno de los fármacos inyectables más cruciales del siglo XIX para resucitar corazones colapsados en los hospitales europeos.
"La estrofantina descubierta por el descuido dental de Kirk salvaba corazones en menos de cinco minutos tras la inyección, convirtiéndose en el tratamiento estándar de emergencias cardíacas hasta bien entrado el siglo XX."