A principios del siglo XIX, la naciente obsesión por la electricidad sacudió a la comunidad científica europea. En 1802, el físico italiano Giovanni Aldini, sobrino del descubridor de la bioelectricidad Luigi Galvani, viajó a Londres con un objetivo macabro y fascinante: demostrar que la fuerza galvánica podía devolverle la vida a los muertos.
El escenario fue Newgate, tras la ejecución en la horca del asesino George Foster. Ante cirujanos y curiosos horrorizados, Aldini conectó una pila voltaica gigante a la oreja y la boca del difunto. El resultado superó toda pesadilla: el cadáver comenzó a contraer violentamente los músculos, rechinaba los dientes, levantó una mano hacia el cielo y abrió un ojo inyectado en sangre, aterrorizando a los presentes que creyeron presenciar una posesión demoníaca.
Aunque el experimento fracasó en su intento de lograr un despertar definitivo, la macabra demostración de Aldini inspiró directamente a Mary Shelley para escribir su obra maestra, Frankenstein, pocos años después. La ciencia médica del siglo XIX cruzó una línea donde la frontera entre la vida y la muerte pareció, por un instante, borrarse para siempre.
"Aldini estaba tan convencido de su éxito que lamentó públicamente no haber tenido suficiente corriente para revivir por completo a Foster ante la atónita mirada de las autoridades británicas."