En marzo de 1829, las calles de Estambul amanecieron bajo una cacería insólita: la policía imperial comenzó a arrancar por la fuerza los turbantes de las cabezas de los ciudadanos para pisotearlos en el fango. El sultán Mahmud II acababa de promulgar el Kıyafet Nizamnamesi, un implacable código de vestimenta que buscaba erradicar siglos de tradición medieval y quebrar el poder del clero. De la noche a la mañana, el turbante —considerado el mayor emblema de honor y piedad islámica— pasó a ser un delito civil; quien apareciera en un tribunal, cuartel o plaza pública sin el nuevo gorro cilíndrico rojo, el fez, era azotado con varas o destituido al instante.
El pánico y la indignación paralizaron la capital. Los sectores religiosos apodaron furiosos al monarca como el «Sultán Infiel» y surgieron revueltas callejeras donde la gente escondía sus turbantes bajo túnicas para eludir a las patrullas armadas con tijeras. Sin embargo, el clímax del ridículo estalló puertas adentro del palacio: el Imperio Otomano no tenía la capacidad industrial para producir fezzes y millones de súbditos no podían pisar la calle legalmente sin uno. Acorralado por su propio decreto, el sultán tuvo que recurrir a una paradoja bochornosa: ordenó importar de urgencia cargamentos millonarios de sombreros producidos por fábricas católicas de Bohemia, en el Imperio Austríaco.
Durante las siguientes décadas, el corazón del mundo islámico dependió comercialmente de tejedores cristianos checos para vestir el tocado que su propia ley imponía bajo arresto. Aunque años después se levantó una fábrica imperial en el Cuerno de Oro, jamás logró cubrir la descomunal demanda que la ley había desatado de un plumazo. Aquel decreto forzoso transformó la silueta social de todo Medio Oriente durante casi un siglo, hasta que en 1925 Mustafa Kemal Atatürk repitió el mismo ciclo de autoritarismo: abolió el fez y castigó con prisión —e incluso la horca— a quien se negara a usar sombreros occidentales.
"La histeria estatal por vigilar el nuevo sombrero fue tal que los inspectores otomanos usaban transportadores de madera en las oficinas públicas para multar a quienes no llevaran el fez exactamente a noventa grados respecto a las cejas."