En marzo de 1915, en plena Primera Guerra Mundial, una sombra colosal bloqueó el sol sobre el Levante otomano: miles de millones de langostas del desierto descendieron sobre Palestina y Siria en un fenómeno de pesadilla. En pocas horas, el cielo de Jerusalén se tornó de un color cobrizo asfixiante y el rugido de las alas sembró una histeria generalizada. El enjambre devoró cada brizna de cultivo, los olivares centenarios e incluso la corteza entera de los árboles, dejándolos convertidos en maderos esqueléticos. La desesperación civil empujó a la gente a golpear cacerolas y encender enormes hogueras para espantarlas, pero la masa de insectos era tan densa que apagaba las llamas simplemente al desplomarse en masa sobre el fuego.
El caos escaló hasta paralizar el esfuerzo bélico del Imperio Otomano. El gobernador militar Djemal Pasha emitió un decreto despiadado: todo varón civil entre 15 y 60 años estaba obligado a entregar 20 kilos de huevos de langosta bajo amenaza de cárcel, acumulándose cientos de toneladas de huevos en plazas públicas. Cuando nacieron las crías sin alas, marcharon en oleadas que cubrían la tierra por kilómetros. El colapso fue total cuando los trenes militares que iban hacia el Canal de Suez quedaron varados; los rieles estaban cubiertos de una pasta viscosa de millones de langostas aplastadas que hacía patinar las ruedas de las locomotoras, anulando por completo la fricción del acero.
Para combatir la crisis, el mando otomano nombró como líder de la campaña al brillante agrónomo Aaron Aaronsohn, ignorando que el desastre desencadenaría una conspiración fatal. Aaronsohn aprovechó sus salvoconductos y la libertad de movimiento de su equipo entomológico para fundar NILI, una red de espionaje secreto a favor del Reino Unido. Mientras recorría el territorio simulando erradicar la plaga, recolectó información crucial sobre aguadas y posiciones de artillería otomana que luego entregó a los británicos. Aquella devastadora invasión de insectos no solo provocó una hambruna atroz, sino que abrió la puerta secreta que derribó cuatro siglos de dominio otomano en la región.
"La voracidad de las langostas era tan implacable que cuando agotaron las hojas, devoraron la ropa tendida de los campesinos y las vendas de gasa almacenadas en los puestos médicos militares."