En el verano de 1537, en plena campaña militar francesa para tomar el castillo de Villano en Turín, el joven cirujano Ambroise Paré asistió atónito a las horribles lesiones provocadas por los arcabuces. Siguiendo la doctrina médica indiscutible de su época, los facultativos creían ciegamente que la pólvora impregnaba un veneno letal en la carne y que el único remedio posible era verter aceite de saúco hirviendo directamente en las heridas abiertas. Sin embargo, la carnicería fue de tal magnitud que los calderos de aceite se vaciaron por completo cuando todavía quedaban decenas de soldados desgarrados esperando atención médica.
Preso del pánico ante la perspectiva de dejar morir a aquellos hombres infectados, Paré decidió jugarse el cuello con un invento improvisado con lo que encontró en las tiendas de víveres: batió yemas de huevo crudas con aceite de rosas y trementina, aplicando el pastoso ungüento sobre las heridas abiertas. Esa noche, el cirujano fue incapaz de conciliar el sueño, consumido por la culpa y el remordimiento, convencido de que la luz del amanecer revelaría que había provocado la muerte atroz de todos sus pacientes por haber violado los sagrados manuales de la medicina militar.
Pero la sorpresa al clarear el día desafió toda la lógica médica de Occidente. Los desafortunados soldados tratados con la extraña pasta culinaria dormían aliviados, sin fiebre y con las heridas casi desinflamadas, mientras que los pocos que sí recibieron el reglamentario aceite hirviendo deliraban entre espasmos de dolor y tejidos putrefactos. Aquella escasez fortuita de suministros demolió de un plumazo siglos de dogmas médicos sádicos, transformando para siempre el tratamiento de traumatismos y convirtiendo a Paré en el indiscutible padre de la cirugía moderna gracias a un simple acto de desesperación.
"Tras comprobar el éxito del ungüento, Paré juró no volver a cauterizar a un herido vivo con aceite hirviendo y popularizó la célebre frase: «Yo los curé, pero Dios los sanó»."