En el verano de 1771, la peste bubónica devoraba Moscú a un ritmo de mil muertos al día, hundiendo a la ciudad en el colapso absoluto. Convencido de que la plaga no flotaba místicamente en el aire como dictaba la medicina de su época, el médico imperial Daniil Samoilovich fabricó la primera armadura epidemiológica de la historia: un mono impermeable de lona empapado en alquitrán hirviendo y aceites minerales. Para demostrar que la infección solo se transmitía por contacto físico, Samoilovich convenció a las autoridades militares de entregarle a dieciséis convictos condenados a muerte y los obligó a vestirse con la ropa sudada y sucia arrancada de cadáveres pestilentes que habían sido previamente ahumados con azufre. Increíblemente, ninguno enfermó y todos ganaron su libertad.
Eufórico tras el éxito de su vestimenta protectora, el médico decidió dar un salto experimental suicida: creyó que podía fabricar una inmunización atenuada y se inoculó deliberadamente pus caliente de un bubón infectado en una incisión de su propio brazo. El resultado inmediato no fue la gloria científica, sino una agonía fulminante que lo dejó postrado en su cabaña del hospital Simonov con fiebres delirantes. Mientras yacía inmóvil, las calles de Moscú estallaron en el violento 'Motín de la Peste'. Una turba enloquecida, convencida de que los médicos propagaban la enfermedad con venenos para despoblar la ciudad, asaltó el lazareto con barras de hierro para degollarlo.
Al escuchar las puertas astillándose y los gritos de la muchedumbre exigiendo su cabeza, el científico moribundo ejecutó una maniobra desesperada: se desnudó y se sumergió bajo una montaña de cadáveres putrefactos en la carreta mortuoria del patio. Cuando los rebeldes inspeccionaron el vehículo funerario y vieron el cuerpo tembloroso de Samoilovich cubierto de gangrena, pústulas abiertas y fluidos cadavéricos, huyeron despavoridos ante la certeza del contagio. Contra todo pronóstico, el médico sobrevivió a la infección autoinfligida y sus arriesgados protocolos de desinfección sentaron las bases de la epidemiología moderna en Europa del Este.
"A pesar de haberse inyectado pus de peste bubónica y convivir meses entre miles de infectados, Samoilovich generó una inmunidad tan feroz que vivió hasta los 60 años sin volver a contagiarse jamás."