Hacia 1539, los rudos soldados que habían tomado Tenochtitlan vivían como señores independientes, reacios a someterse a la vida familiar. Alarmada por la indisciplina de estos guerreros, la Corona española promulgó a través del virrey Antonio de Mendoza una orden implacable: todo conquistador soltero tenía un plazo improrrogable de tres años para casarse, bajo la temible amenaza de confiscarle de inmediato sus indios, tierras y rentas de encomienda.
El pánico financiero detonó una de las carreras matrimoniales más extravagantes del continente. Antiguos capitanes lisiados y ancianos soldados fletaron navíos completos hacia Sevilla para importar prometidas a toda prisa, mientras en la Ciudad de México se concertaban bodas exprés a cambio de sumas exorbitantes. Se registraron casos de hombres al borde de la muerte que contraían matrimonio en camillas frente a escribanos públicos únicamente para evitar que los jueces de la Real Audiencia los despojaran de sus riquezas antes de expirar.
Quienes desafiaron la ordenanza perdieron hasta el último metro cuadrado de sus propiedades a manos del fisco virreinal. Aquel impuesto encubierto al celibato desmanteló la casta de conquistadores independientes en Norteamérica y forzó el nacimiento apresurado de la aristocracia criolla que gobernó el continente durante los tres siglos siguientes.
"Para no perder sus títulos, varios veteranos llegaron a pagar las deudas completas de familias sevillanas enteras con tal de que enviaran a una de sus hijas en el primer galeón hacia el puerto de Veracruz."