El 6 de junio de 1822, en la isla de Mackinac, Michigan, un joven trampero llamado Alexis St. Martin recibió un disparo accidental de mosquete a quemarropa. La herida fue tan devastadora que sus costillas se fracturaron y parte de sus pulmones y estómago quedaron expuestos. El cirujano militar William Beaumont llegó para atenderlo, convencido de que el hombre no sobreviviría más de veinte minutos. Sin embargo, desafiando toda lógica médica de la época, St. Martin sobrevivió, pero con una peculiaridad aterradora: la herida nunca se cerró del todo. Se formó una fístula gástrica permanente, un agujero que permitía ver directamente el interior de su estómago desde el exterior.
Beaumont, lejos de intentar una cirugía estética para sellar el orificio, comprendió que tenía frente a sí una oportunidad única en la historia de la ciencia. Durante los siguientes once años, el doctor convirtió a St. Martin en un laboratorio humano viviente. El experimento consistía en atar trozos de carne, verduras y frutas a hilos de seda e introducirlos por el agujero del estómago del paciente. Beaumont cronometraba cuánto tardaba cada alimento en disolverse y retiraba los restos tirando del hilo para observar los efectos químicos. Incluso llegó a extraer jugos gástricos con tubos para analizarlos en botellas, tratando al pobre Alexis como un recipiente de ensayo biológico bajo un contrato de servidumbre casi forzado.
Gracias a estas prácticas bizarras, Beaumont descubrió que la digestión no era un proceso mecánico de 'molienda' como se creía, sino un proceso químico impulsado por el ácido clorhídrico. Este hallazgo fundó la fisiología gástrica moderna, pero a un costo humano altísimo de humillación y dolor constante para el paciente. Alexis St. Martin vivió el resto de su vida con el agujero en el vientre, tapándolo con un vendaje para poder comer. Cuando finalmente murió en 1880, su familia dejó que el cadáver se descompusiera al sol antes del entierro para evitar que otros médicos curiosos realizaran una autopsia y le robaran el famoso estómago con ventana.
A pesar de tener un agujero permanente en el abdomen por el que se escapaba la comida si no se lo presionaba, Alexis St. Martin sobrevivió al doctor Beaumont por 27 años y tuvo seis hijos.
"El doctor Beaumont solía probar el sabor de los jugos gástricos de St. Martin para comprobar su acidez directamente con su propia lengua."