Corre el año 1790 en el Virreinato de Nueva Granada. Las arcas de la Corona española en América están vacías y la creatividad fiscal del virrey José de Ezpeleta alcanza cotas delirantes. Su solución para recaudar fondos no es gravar el oro o las tierras, sino la estética: crea un impuesto directo sobre los peinados elaborados y las trenzas que portaban las mujeres de la élite y las mestizas acomodadas en las calles de Santafé de Bogotá.
La medida desata una crisis social sin precedentes en la capital virreinal. Los inspectores fiscales son desplegados en las esquinas y plazas principales para medir la complejidad de los tocados y exigir el pago según la cantidad de adornos, cintas y la longitud del cabello trenzado. Las mujeres de la aristocracia criolla ven este arancel como una humillación intolerable que vulnera su estatus social y transforma sus cabezas en simples alcancías del imperio.
Lejos de pagar sumisamente, las damas bogotanas organizan un boicot masivo y radical: abandonan por completo los peinados tradicionales y comienzan a raurarse la cabeza o a lucir cabelleras sueltas y desaliñadas en público. Ante la catástrofe estética y la presión de las familias más poderosas, el virrey se ve obligado a derogar el impuesto en cuestión de meses, demostrando que la furia por la vanidad herida puede doblarle el pulso a la mismísima Corona española.
"Para burlar a los inspectores fiscales, muchas mujeres ocultaban monedas y joyas diminutas dentro de sus voluminosas pelucas y trenzas antes de que el impuesto fuera finalmente abolido."