En febrero de 1854, el general Antonio López de Santa Anna gobernaba México bajo el delirante título de «Su Alteza Serenísima». Con las arcas públicas en quiebra absoluta tras décadas de guerras y costosos desfiles imperiales, el régimen recurrió a la imaginación fiscal más desesperada de América Latina. Tras haber tasado ya las puertas, ventanas y carruajes de los ciudadanos, el 21 de febrero Santa Anna firmó un decreto inverosímil: un impuesto obligatorio de dos pesos anuales por cada perro que viviera en la Ciudad de México y un peso en el resto del territorio, sin importar si era un animal de lujo o un perro guardián.
Para un jornalero o peón mexicano de mediados del siglo XIX, pagar dos pesos equivalía a casi medio mes de trabajo forzado. Desesperado por recaudar, el gobierno envió brigadas de inspectores que recorrían los barrios golpeando portones con varas para provocar ladridos que delataran a las mascotas clandestinas. Quien no tuviera la placa de metal que acreditaba el pago enfrentaba una multa de diez pesos y el decomiso de la criatura. El pánico se apoderó de las clases populares: miles de personas comenzaron a encerrar a sus animales en pozos ciegos o a amordazarlos para evitar el sonido, mientras otros, ante la miseria insalvable, envenenaron en masa a sus propios animales.
La respuesta popular transformó el disparate impositivo en el principio del fin para el régimen autocrático. Apenas diez días después del decreto canino, el general Juan Álvarez y los rebeldes liberales proclamaron el Plan de Ayutla, un levantamiento armado impulsado por la furia contra los tributos absurdos que sofocaban a la población. En las plazas públicas, los manifestantes desafiaban a la caballería marchando a cuatro patas y ladrando al unísono contra el gobierno. La revuelta se volvió imparable y, en agosto de 1855, Santa Anna tuvo que huir al exilio para siempre, dejando el impuesto a los perros como su testamento político más vergonzoso.
"Para burlar a los inspectores de Santa Anna, los periódicos clandestinos comenzaron a imprimir poemas satíricos donde los perros callejeros 'firmaban peticiones' exigiendo asilo político para evitar ir a prisión por insolvencia."