En mayo de 1591, el pequeño zarevich Dimitri, último hijo varón de Iván el Terrible, apareció misteriosamente degollado en el patio del palacio de Úglich. Ante el horror del magnicidio, el sacristán subió desesperado a la torre y tocó a rebato para convocar al pueblo, desatando una brutal revuelta donde la turba linchó a los emisarios de Moscú. Cuando el boyardo Vasili Shuiski llegó para sofocar la rebelión en nombre de la corona, no se conformó con ejecutar a los cabecillas humanos; la corte imperial decidió procesar penalmente al culpable de sembrar la histeria: la campana de bronce de 300 kilos que había dado la alarma.
Aplicando las rígidas ordenanzas de castigo moscovitas como si el metal tuviera libre albedrío, los magistrados convocaron una corte formal donde la campana de Úglich fue condenada por alta traición y sedición contra el Estado. El verdugo público ejecutó la sentencia al pie del campanario: la mole de bronce fue azotada con doce latigazos del temido *knut*, se le arrancó su «lengua» de hierro (el badajo) para asegurar su silencio y se le amputaron las asas superiores, consideradas legalmente como sus «orejas», en un acto de degradación civil reservado a los traidores.
Privada de voz y mutilada, la campana sufrió la pena máxima de la justicia imperial: el destierro perpetuo al presidio de Tobolsk, en el corazón de Siberia. Fueron los propios conspiradores sentenciados quienes tuvieron que arrastrar el objeto durante más de 1.500 kilómetros a pie a través del barro y la nieve, inaugurando una era de castigos judiciales a objetos inanimados que marcó el inicio del Caos Ruso; el artefacto permaneció confinado como preso estatal durante 301 años, hasta que el zar Alejandro III le concedió el perdón oficial en 1892.
"Durante su condena en Siberia, la campana fue registrada formalmente como «prisionero político inanimado» y los guardias debían certificar periódicamente que no intentaba fugarse."