En octubre de 1795, la ciudad de Cracovia vivía horas de caos absoluto. Con el inminente Tercer Reparto de Polonia, las tropas prusianas que ocupaban la plaza debían ceder el control del mítico castillo de Wawel a sus rivales austriacos. Sin embargo, el rey Federico Guillermo II de Prusia se negó a marcharse con las manos vacías y emitió una orden confidencial implacable: saquear en secreto el Tesoro de la Corona polaca antes de que llegara el ejército de Viena. Cuando el sacerdote custodio del santuario se negó a entregar las llaves y huyó, el gobernador prusiano reclutó a un equipo de cerrajeros militares para perpetrar el atraco palaciego más meticuloso del siglo XVIII.
Durante la noche del 4 de octubre, amparados por un toque de queda draconiano, los zapadores prusianos se infiltraron en los sótanos abovedados de Wawel. El botín no estaba al alcance de la mano: el acceso estaba protegido por seis gigantescas puertas consecutivas de roble blindadas con planchas de hierro forjado, cuyos mecanismos no podían ser forzados con ganzúas ordinarias. Sin perder tiempo, los especialistas perforaron los marcos de cantería y reventaron los pestillos centenarios uno a uno durante horas de trabajo extenuante. Al derribar la última barrera, hallaron reliquias incalculables: la legendaria Corona de Boleslao el Bravo de 1320, cuatro coronas reales adicionales, cetros, espadas de investidura y orbes cuajados de rubíes y diamantes.
El tesoro sagrado fue embalado en toscas cajas de madera y transportado de madrugada hacia Berlín como si fuera munición militar de descarte, logrando cruzar la frontera antes de que los diplomáticos austriacos descubrieran las bóvedas vacías. El destino de estas piezas milenarias fue aún más despiadado que el robo. Años más tarde, asfixiado por las deudas tras ser aplastado militarmente por Napoleón en 1809, el rey prusiano ordenó desengastar las piedras preciosas para subastarlas y fundir las coronas de oro macizo para acuñar monedas corrientes, borrando para siempre el símbolo físico de una nación entera.
"En 2003, tras siglos de duelo nacional, orfebres polacos reconstruyeron una réplica exacta de la corona perdida guiándose únicamente por minuciosas acuarelas secretas pintadas semanas antes del atraco."