En el año 106 d.C., en los bosques montañosos de la actual Rumania, el rey dacio Decébalo enfrentaba su inminente aniquilación ante las legiones del emperador Trajano. Decidido a impedir que la riqueza de su imperio cayera en manos romanas, concibió una de las operaciones de ingeniería más turbias de la Antigüedad: utilizó cautivos de guerra para desviar el curso entero del río Sargetia. En el lecho seco, sus hombres cavaron fosas descomunales donde sepultaron incontables vasijas repletas de oro, gemas y plata, cubriéndolas con lajas de piedra y grava antes de permitir que las aguas volvieran a su cauce original.
Para garantizar que nadie revelara la ubicación de la bóveda fluvial, Decébalo ordenó degollar de inmediato a cada uno de los prisioneros que cavaron el lecho. Sin embargo, el monarca cometió un descuido mortal al confiar los detalles del escondite a un puñado de allegados, entre ellos un noble dacio llamado Bicilis. Cuando las defensas colapsaron y Decébalo se degolló con su falx para evitar el cautiverio, Bicilis cayó en manos de la caballería romana. Tras ser sometido a un brutal interrogatorio militar, el aristócrata terminó quebrando el juramento sagrado y delató el punto exacto de la tumba acuática.
Bajo la guía del traidor, los legionarios de Trajano represaron el río por segunda vez y saquearon 165 toneladas de oro puro y más de 300 de plata. Este botín astronómico no solo salvó a Roma de una agónica crisis de liquidez, sino que financió la construcción del colosal Foro de Trajano, su famosa columna y más de 120 días consecutivos de juegos en el Coliseo, donde gladiadores y bestias celebraron, sin saberlo, el vaciado de las entrañas de Europa del Este.
"El botín robado en el río fue tan gigantesco que Trajano anuló todos los impuestos del Imperio romano durante un año y regaló 650 denarios en efectivo a cada ciudadano de Roma."