En el verano de 1633, tras un pavoroso incendio que redujo a cenizas un tercio de Estambul, el sultán Murad IV encontró al culpable perfecto: las cafeterías. Convencido de que estos locales eran madrigueras de rebeldes donde se conspiraba contra el trono al calor de la cafeína, el monarca promulgó un edicto brutal: el consumo de café, tabaco y alcohol quedaba castigado con la decapitación inmediata. No existían multas, advertencias ni juicios; ser sorprendido con granos tostados en el bolsillo equivalía a cometer alta traición contra el Imperio.
Para asegurarse de que la orden se cumpliera a rajatabla, el propio Murad IV convirtió la capital en una cacería humana nocturna. Vestido como un mercader común o un mendigo, el sultán patrullaba los callejones acompañado por su verdugo personal, tentando a taberneros o pidiendo un poco de café a los transeúntes. Quien aceptaba el soborno o era descubierto fumando en una esquina era decapitado al instante en el mismo empedrado. Los guardias imperiales olfateaban las chimeneas y los respiraderos de las casas; el menor aroma a tueste bastaba para que familias enteras terminaran en el fondo del Bósforo dentro de sacos de arpillera.
Se calcula que la purga costó entre 10.000 y 30.000 vidas, transformando para siempre la vida pública otomana. Las cafeterías fueron demolidas y sustituidas por mezquitas o establos, obligando a los adictos a enterrar sus cafeteras de cobre en los huertos y beber a oscuras en sótanos clandestinos. La paranoia colectiva paralizó las reuniones sociales durante casi una década, hasta que la prematura muerte de Murad IV en 1640 permitió que el café volviera a hervir legalmente en las calles del imperio.
"Murad IV llevaba su celo al extremo bélico: durante sus campañas militares hizo ejecutar sumariamente a varios de sus propios oficiales de alto rango tras oler humo de pipa en sus tiendas de campaña."