A inicios del siglo XVIII, el Japón de los sógunes Tokugawa mantenía con puño de hierro el sakoku, un aislamiento fronterizo absoluto donde la entrada de cualquier extranjero se castigaba con tortura y muerte inmediata. Desafiando este bloqueo impenetrable, el Vaticano planeó una audaz misión de infiltración clandestina aprobada por el papa Clemente XI. El agente enviado fue el sacerdote siciliano Giovanni Battista Sidotti, quien desembarcó en secreto en la remota isla de Yakushima en octubre de 1708, disfrazado de samurái errante con kimono de seda y una auténtica katana al cinto.
El intento de espionaje colapsó a las pocas horas debido a un error táctico absurdo: Sidotti medía casi un metro noventa, lucía una tupida barba mediterránea y sus rasgos europeos resultaban imposibles de camuflar en el Japón feudal. El falso guerrero fue descubierto cuando intentó pedir comida por señas a un leñador local llamado Tokubee; bastó un cruce de miradas para que el campesino se diera cuenta de que aquel gigante con moño postizo no era japonés. Antes de que cayera la noche, las milicias del sógun lo tenían rodeado y encadenado sin haber tenido que desenvainar un arma.
En vez de crucificarlo de inmediato como dictaba la ley imperial, las autoridades trasladaron a Sidotti a Edo para ser sometido a minuciosos interrogatorios dirigidos por Arai Hakuseki, el intelectual más brillante de la corte del sógun. Fascinado por los conocimientos del prisionero, Hakuseki recopiló sus declaraciones en el manuscrito Seiyō Kibun, la obra fundamental que abrió los ojos de Japón hacia la ciencia y la geografía occidentales. Sidotti permaneció en arresto domiciliario hasta su muerte en 1714, cerrando la aventura del espía más visible y peor camuflado de la historia nipona.
"En 2014, durante las obras de construcción de un aparcamiento en Tokio, arqueólogos desenterraron el esqueleto intacto de Sidotti, confirmando con ADN la crónica del arresto escrita 300 años antes."