Durante las invasiones a Corea lideradas por el poderoso unificador Toyotomi Hideyoshi entre 1592 y 1598, los samuráis enfrentaron un problema burocrático inusual. Como la tradición exigía presentar las cabezas cortadas de los enemigos para reclamar ascensos y recompensas, el transporte de miles de cráneos a través del mar se volvió logísticamente imposible y antihigiénico.
Para solucionar esto, Hideyoshi impuso una ley insólita y espeluznante: ordenó a sus tropas cambiar las cabezas por narices humanas. Los soldados debían cortar las narices a los enemigos —tanto soldados como civiles masacrados—, salarlas en barriles de madera y enviarlas directamente a Kioto como prueba fehaciente de sus victorias en el frente extranjero.
El recuento final superó las 38.000 narices documentadas, las cuales fueron enterradas solemnemente en Kioto bajo un montículo conocido como Mimizuka, el 'Túmulo de las Narices'. Este monumento macabro aún existe hoy como un silencioso y perturbador recordatorio de uno de los impuestos de guerra más extraños y crueles de la historia asiática.
"Para ahorrar espacio de envío y evitar el peso, los comandantes japoneses a veces reemplazaban las narices de los soldados coreanos caídos por las de caballos y bueyes para inflar las cifras ante el emperador."