En la primavera del 524 a.C., el emperador persa Cambises II acababa de someter a Egipto, pero su soberbia exigía una humillación total: destruir el oráculo de Amón en el lejano oasis de Siwa. Para ejecutar la profanación, despachó desde Tebas una columna colosal de cincuenta mil soldados armados hasta los dientes. Guiados por baqueanos locales a través de rutas implacables, los invasores cruzaron primero el oasis de Kharga, internándose confiados en el Gran Mar de Arena libio, convencidos de que el desierto cedería ante el poderío del imperio aqueménida.
El avance marchó sin contratiempos hasta que alcanzaron una depresión arenosa a mitad de camino entre los oasis. Según los testimonios de los nativos recopilados décadas más tarde, los hombres rompieron filas a mediodía para comer sus raciones diarias bajo un calor asfixiante. En ese instante exacto, la atmósfera cambió por completo: un viento huracanado del sur se levantó de la nada cargando gigantescas columnas móviles de arena. Los testimonios describen que el cielo se volvió negro absoluto antes de que la tormenta cayece con una violencia volcánica sobre el campamento inmóvil.
No hubo batalla ni retirada posible; la masa de arena sofocó los pulmones de las tropas y enterró vivas a las legiones enteras en cuestión de horas. Ni un solo guerrero, sirviente o camello logró regresar con vida a Tebas para dar la noticia del desastre. Durante milenios, los arqueólogos modernos catalogaron la historia como un mito propagandístico egipcio, hasta que exploraciones científicas recientes comenzaron a desenterrar puntas de flecha de bronce, dagas persas y restos óseos sepultados bajo dunas del tamaño de rascacielos.
"La velocidad del viento del sur durante una tormenta de arena extrema en el Sahara puede acumular hasta cinco metros de sedimento en menos de treinta minutos."