En el gélido invierno de 1915, en pleno frente del Cáucaso, la ciudadela otomana de Erzurum se convirtió en una fosa común a cielo abierto. Tras el colapso militar de Sarıkamış, el tifus exantemático desató un apocalipsis biológico: los piojos devoraban a las tropas y mataban a más de quinientos soldados al día, incluidos docenas de médicos. En medio de aquel infierno blanco, sin sueros, sin cobayas de laboratorio y con la nieve cubriendo montones de cadáveres, el doctor militar Reşat Rıza tomó una decisión desesperada que rayaba en la locura científica: intentar fabricar una cura improvisada utilizando directamente los fluidos letales de los propios agonizantes.
Dentro de una tienda de campaña congelada, Rıza recolectó grandes cantidades de sangre directamente de las venas de reclutas con fiebres delirantes de cuarenta grados. Con un método tan macabro como rudimentario, batió frenéticamente la sangre hirviente con varillas de alambre de cocina para despojarla de fibrina y evitar que coagulara en un bloque espeso. Acto seguido, sumergió aquel licor rojo rebosante de bacterias vivas en un recipiente al baño maría sobre un calentador de té a queroseno. Durante una hora exacta mantuvo el caldo a sesenta grados, rezando para que la temperatura templada bastara para atontar al patógeno sin destruir los elementos protectores de la mezcla.
El paso final era una ruleta rusa médica: si el calor fallaba, la inyección provocaría una agonía fulminante. Sin vacilar, Rıza cargó una jeringa de vidrio y se inoculó a sí mismo y a soldados voluntarios aquel cocinado de sangre humana. Contra todo pronóstico biológico, el experimento accidental fue un éxito rotundo: los cuerpos generaron inmunidad inmediata y la mortandad en las barracas se desplomó de golpe. Rıza acababa de concebir, entre el barro y la nieve de Anatolia, la primera vacuna de sangre inactivada por calor contra el tifus de la historia, una proeza salvaje que dejó atónitos a los asesores médicos alemanes que supervisaban el frente.
"A pesar de haberse cocinado de forma improvisada sobre un calentador de té, la vacuna de Rıza fue adoptada oficialmente por el ejército austrohúngaro y precedió por años a los métodos occidentales de laboratorio."