Hacia el año 360 a.C., en el Reino del Bósforo (en la actual península de Crimea), el gobernante Leucón I se quedó sin fondos para pagar a los mercenarios que protegían las rutas del Mar Negro. En lugar de imponer tributos sangrientos que detonaran una rebelión, concibió una de las trampas financieras más descaradas de la Antigüedad. Emitió un edicto implacable: todos los ciudadanos y comerciantes extranjeros debían entregar inmediatamente cada moneda de plata que poseyeran, bajo la promesa de que el Estado renovaría la divisa con un nuevo cuño oficial.
Temiendo la ejecución, la población de la capital, Panticapea, acudió en masa entregando cofres enteros de metal precioso. Sin embargo, dentro de la ceca real no hubo fundición ni refinamiento alguno. Los artesanos de Leucón simplemente tomaron las mismas monedas y les estamparon un tosco punzón sobre la superficie. Mediante un decreto tiránico, el rey declaró que cada pieza marcada valía exactamente el doble de su valor original, tras lo cual devolvió a cada dueño la mitad de las monedas que había traído y se quedó con el 50% restante en plata pura.
La estafa fue tan matemáticamente perversa que paralizó cualquier motín: formalmente, nadie había perdido poder adquisitivo, ya que sus monedas reducidas a la mitad 'valían' lo mismo en el mercado interno. Con este golpe de prestidigitación contable, Leucón financió sus guerras saqueando la mitad del patrimonio físico de su reino y provocó una devaluación artificial pionera en la historia, obligando a los mercaderes a aceptar metal inflado mientras él acumulaba toneladas de lingotes reales en sus arcas privadas.
"El truco fue tan lucrativo que Leucón usó la plata incautada para regalarle cargamentos enteros de trigo a Atenas, logrando que los atenienses le otorgaran la ciudadanía honoraria sin sospechar que su generosidad se financió con una vulgar estafa piramidal de Estado."