La mañana del 19 de octubre de 1925, en el paso fronterizo de Demir Kapia, un soldado del ejército griego corrió detrás de su perro, que se había escapado hacia territorio de Bulgaria. Bastó un segundo de distracción para desatar el horror: un centinela búlgaro disparó a matar al intruso y a su dueño, dejándolo sin vida sobre el lodo fronterizo. Cuando un oficial griego avanzó agitando una bandera blanca para recuperar el cuerpo y aclarar el malentendido, una nueva ráfaga de fusilería lo abatió en el acto. La paranoia militar entre ambos países, todavía ardiente tras las Guerras Balcánicas, explotó en una histeria desproporcionada.
En Atenas, el dictador militar Theodoros Pangalos vio la oportunidad perfecta para mostrar músculo y lanzó un ultimátum imposible exigiendo reparaciones millonarias en apenas 48 horas. Sin aguardar a que venciera el plazo, envió al III Cuerpo del Ejército a invadir a su vecino con artillería pesada y batallones de infantería. Las fuerzas helenas ocuparon varias aldeas y sitiaron la estratégica ciudad de Pétrich, mientras el ministro de defensa búlgaro daba una orden insólita a sus tropas regulares: retroceder y no devolver el fuego a gran escala para evidenciar ante el mundo la flagrante agresión extranjera.
La sangrienta farsa, recordada como el Incidente de Pétrich o la «Guerra del Perro Callejero», amenazaba con reactivar un conflicto a gran escala hasta que la Sociedad de Naciones intervino de emergencia. Atenas fue condenada y obligada a pagar una humillante indemnización de 45.000 libras tras haber provocado más de cincuenta muertos y cuantiosos destrozos materiales. Un simple tirón de correa estuvo a punto de incendiar los Balcanes, pasando a la historia militar como uno de los disparates armados más costosos y letales del siglo XX.
"Grecia pagó la astronómica multa en efectivo tras recibir un ultimátum de la Sociedad de Naciones que amenazaba con un bloqueo naval británico si no abandonaban el suelo búlgaro de inmediato."