A finales de 1705, el zar Pedro I descubrió un obstáculo insólito que amenazaba su sueño de convertir a Rusia en una superpotencia: los muertos del país estaban consumiendo la madera de su armada naval. Durante siglos, la tradición ortodoxa rusa exigía sepultar a los difuntos en ataúdes macizos tallados directamente en troncos de roble centenario. Sin embargo, con la Gran Guerra del Norte en pleno apogeo contra el Imperio Sueco, cada árbol de madera dura era indispensable para construir buques de combate en el mar Báltico. Asesorado por su despiadado recaudador Alekséi Kurbátov, el monarca decidió que ningún árbol noble acabaría pudriéndose bajo tierra.
El zar promulgó un decreto implacable que prohibió la fabricación y venta de ataúdes de roble en todo el imperio. El Estado monopolizó los féretros existentes y fijó un impuesto exorbitante que cuadruplicaba su valor habitual, obligando a las familias ricas a pagar una pequeña fortuna en los monasterios para obtener un permiso de entierro. La medida desató un mercado negro inmediato: carpinteros clandestinos fabricaban cajas en bosques ocultos y cortejos fúnebres sobornaban a centinelas. La respuesta del Kremlin fue demencial: cuadrillas de inspectores fiscales comenzaron a apostarse en los cementerios, abriendo ataúdes a martillazos para verificar la especie de la madera antes de permitir la sepultura.
Las consecuencias para quienes intentaban burlar el monopolio de la madera eran implacables. Los artesanos que vendían ataúdes ilegales eran condenados a galeras de por vida tras recibir latigazos de knut, mientras que los cadáveres enterrados en madera prohibida eran exhumados por la fuerza pública para reciclar los tablones en los astilleros. La sociedad rusa, aterrorizada ante la idea de que sus parientes no descansaran en paz sagrada, terminó cediendo al uso obligatorio de cajas endebles de pino. Así, a costa de saquear las costumbres funerarias de su pueblo, Pedro el Grande garantizó los robles que levantaron la flota con la que derrotó a Suecia y fundó San Petersburgo.
"El creador intelectual de esta ley, Alekséi Kurbátov, ostentaba el título oficial de 'lucrador del zar' y también inventó impuestos sobre el agua potable, el uso de barbas y las tinas de baño privadas."