Durante la tensa década de 1970, en plena ebullición de la Guerra Fría en Asia Oriental, el régimen de Kim Il-sung decidió que la estética personal era un asunto de seguridad nacional. Para erradicar cualquier rastro de influencia capitalista o burguesa, el gobierno comunista implementó una norma insólita: la prohibición absoluta de los peinados libres. Se publicaron carteles oficiales en las barberías y peluquerías estatales que mostraban los únicos cortes permitidos tanto para hombres como para mujeres.
El catálogo oficial reducía drásticamente las opciones a un puñado de estilos rígidos, midiendo con precisión milimétrica la longitud exacta que se permitía en los lados y en la parte superior. Las mujeres casadas debían llevar el pelo corto, mientras que las solteras tenían un poco más de margen, pero cualquier intento de imitar las modas occidentales del momento era considerado un acto de traición ideológica. Los inspectores del partido patrullaban las calles armados con tijeras para corregir en plena vía pública a los infractores.
Esta draconiana ley cambió para siempre la fisonomía social del país asiático, convirtiendo el aseo diario en un acto de estricta obediencia política. Las consecuencias de portar una melena prohibida podían derivar en multas severas o en sesiones de reeducación forzada. Lo más alucinante es que esta directriz, con sutiles actualizaciones a lo largo de las décadas, sigue vigentes hoy en día bajo el mandato de su nieto Kim Jong-un, convirtiendo el cabello norcoreano en el lienzo más vigilado del planeta.
"Para los hombres, el corte del propio líder supremo estuvo prohibido durante años porque se consideraba una falta de respeto inaceptable."