En la rígida sociedad de la antigua Esparta, Europa del Este/sureste de la península del Peloponeso, la supervivencia del Estado dependía estrictamente de la natalidad y de la producción constante de guerreros. Para garantizar que ningún ciudadano eludiera su deber cívico de procrear, el legendario legislador Licurgo instituyó una ley draconiana: el celibato masculino era considerado un crimen imperdonable contra la patria. Los hombres que decidían no casarse al llegar a cierta edad adulta enfrentaban el desprecio absoluto de sus propios vecinos.
Las consecuencias legales para los solteros eran tan insólitas como humillantes. Durante las festividades religiosas de las Dorias, los infractores debían desfilar completamente desnudos alrededor del ágora central en pleno invierno, tiritando de frío mientras cantaban canciones satíricas compuestas exclusivamente para avergonzar su propia soltería. Por si fuera poco, se les negaba el saludo respetuoso de los jóvenes, se les prohibía participar en ciertos combates rituales y ningún ciudadano casado les mostraba la más mínima consideración.
La presión social y legal era tan implacable que incluso los guerreros más célebres y condecorados no se libraban de la burla si permanecían sin casarse. El famoso general Dercílidas, al acercarse a un oficial joven que se negaba a cederle el asiento bajo la excusa de que 'tú no has engendrado un hijo que pueda cedérmelo a mí algún día', comprobó en carne propia el peso de esta ley. Esta norma transformó radicalmente la mentalidad espartana, convirtiendo el matrimonio y la paternidad en una obligación militar ineludible bajo pena de escarnio público.
"A los solteros espartanos también se les prohibía presenciar los ejercicios atléticos de las jóvenes desnudas, un castigo severo en una cultura obsesionada con el deporte."