A principios de 1925, Europa Occidental aún sanaba las heridas de la Gran Guerra cuando un carismático estafador checo llamado Victor Lustig llegó a un París asfixiado por los impuestos y la burocracia. Tras leer en un periódico local que la Torre Eiffel requería un mantenimiento astronómico y se encontraba muy deteriorada, Lustig ideó un plan maestro que rozaba la ciencia ficción. Se presentó ante cinco magnates de la industria chatarrera como el Director General de Correos y Telégrafos, alquiló una suite exclusiva en el Hotel de Crillon y convocó a los empresarios a una reunión estrictamente confidencial.
Bajo la falsa promesa de que el gobierno francés había decidido desmantelar y vender la famosa estructura de hierro por el bien de las finanzas públicas, Lustig logró embaucar por completo a uno de los empresarios más ambiciosos, André Poisson. Para asegurar el soborno y el pago inmediato, el estafador fingió ser un funcionario corrupto pero con alma patriótica que necesitaba discreción absoluta. Poisson, cegado por la oportunidad de hacer el negocio de su vida, entregó no sólo el monto acordado por el metal, sino un generoso soborno en efectivo para asegurar la adjudicación silenciosa del monumento.
Tan pronto como el dinero cambió de manos, Lustig huyó raudo a Viena con una maleta repleta de billetes, dejando a un empresario arruinado y demasiado avergonzado como para acudir a la policía de inmediato. La jugada fue tan perfecta que, semanas después, al notar que las autoridades no habían emitido órdenes de arresto públicas por el escándalo, Lustig regresó a París y trató de repetir la estafa con un nuevo grupo de chatarreros, aunque esta vez fue descubierto justo a tiempo.
"Victor Lustig estuvo tan cerca de la perfección criminal que incluso logró estafar al mismísimo Al Capone vendiéndole bonos falsos, dejándole una pequeña comisión tras confesarle que el negocio había fracasado."