En el verano de 1594, el señor feudal Toyotomi Hideyoshi dormía en la cima del poder absoluto de Japón, protegido tras los fosos, murallas concéntricas y guardias de élite del castillo de Fushimi. Nadie entraba ni salía sin su venia. Sin embargo, en los callejones de Kioto operaba Ishikawa Goemon, un proscrito legendario que decidió perpetrar la mayor afrenta de la era Sengoku: infiltrarse en la mismísima alcoba imperial para robar y degollar al tirano.
Moviéndose como una sombra por los tejados de madera, Goemon eludió a decenas de patrullas armadas y forzó las intrincadas cerraduras interiores. Logró llegar hasta el lecho del dictador sin que nadie diera la alarma. Pero la codicia selló su destino: al intentar sustraer el Chidori no Kōro, un legendario quemador de incienso de bronce con forma de chorlito, el objeto vibró o rozó la bandeja de metal emitiendo un sonido estridente que rasgó el silencio de la noche y alertó a los guardaespaldas.
El maestro del sigilo fue reducido al instante en el suelo de la recámara tras un sangriento forcejeo. La respuesta de Hideyoshi no dejó margen al mito: ordenó que Goemon y toda su banda fueran conducidos a las orillas del río Kamo, donde el ladrón fue ejecutado siendo hervido vivo dentro de una gigantesca paila de hierro con aceite hirviendo, un suceso tan macabro que el comerciante español Bernardino de Ávila Girón lo registró con horror en sus crónicas contemporáneas.
"La paila de hierro donde fue ejecutado se convirtió en un diseño tan popular en Japón que los baños tradicionales con caldera metálica pasaron a llamarse oficialmente Goemon-buro."