En mayo de 1846, el futuro emperador de Francia cumplía seis años de condena perpetua en la inexpugnable fortaleza de Ham. Tras encabezar una insurrección fallida contra la monarquía reinante, el príncipe Luis Napoleón Bonaparte permanecía vigilado día y noche por decenas de soldados de élite y un comandante obsesionado con evitar que el sobrino del gran conquistador viera la luz. Su confinamiento parecía sellado para siempre entre los húmedos muros de Picardía, hasta que el deterioro del edificio obligó a las autoridades a permitir la entrada rutinaria de cuadrillas de albañiles y carpinteros para reparar las celdas.
La mañana del 25 de mayo, el príncipe ejecutó una treta tan sencilla que rozaba el suicidio. Se afeitó sus célebres bigotes imperiales, tiñó su piel con extracto de nuez y se vistió con la blusa grasienta, la gorra rota y los zuecos de un peón local. Para burlar los puestos de control, cargó sobre su hombro un pesado tablón de madera de dos metros colocado milimétricamente para tapar su rostro ante la vista de cada centinela. Con una pipa vieja apagada entre los dientes y fingiendo la cojera de un obrero llamado «Badinguet», cruzó los patios interiores y atravesó la guardia principal mientras los soldados le abrían el paso sin sospechar nada.
Cuando el alcaide ingresó a la celda horas después y retiró las sábanas, solo halló un muñeco relleno de almohadas y una carta de despedida con disculpas formales. Para ese momento, el fugitivo ya cabalgaba libre hacia la frontera belga con un pasaporte falso, rumbo a su exilio en Londres. Apenas dos años después del escape, aquel supuesto carpintero regresó triunfante a París, ganó las elecciones y terminó coronándose como el emperador Napoleón III, consolidando la fuga más determinante y ridícula del siglo XIX.
"Durante todo su mandato imperial, la oposición y la prensa clandestina jamás lo llamaron emperador, sino 'Badinguet', el nombre del humilde obrero al que le robó la ropa y el tablón para fugarse."