El año de 1618 golpeó a la Capitanía General de Guatemala con una pesadilla bíblica que desafiaba toda lógica colonial. Millones de langostas devoradoras descendieron de los cielos americanos en una plaga apocalíptica que oscureció el sol, un fenómeno natural documentado minuciudamente por las crónicas franciscanas de la época como un castigo divino sin precedentes.
La desesperación alcanzó niveles surrealistas cuando los insectos no dejaron ni rastro de las cosechas de maíz y trigo, obligando a la población a comerse las cortezas de los árboles y el cuero de los muebles. Ante la impotencia agrícola, las autoridades eclesiásticas recurrieron a un método medieval extremo: sometieron a las langostas a un juicio formal, declarándolas 'enemigas públicas' y exigiendo su excomunión.
Tras las letanías, exorcismos masivos y procesiones con reliquias sagradas, la plaga disminuyó misteriosamente semanas después, dejando tras de sí una población al borde de la hambruna y el registro legal más extraño de la justicia colonial aplicado contra animales salvajes.
"Para intentar frenar la plaga, los frailes nombraron legalmente a San Jerónimo como abogado defensor de las langostas en el tribunal eclesiástico."