Corría el siglo XVII en las colonias británicas de Norteamérica cuando la naturaleza decidió volverse en contra de los asentamientos puritanos. Documentado en las crónicas de la época, los bosques y campos de cultivo de Massachusetts sufrieron una repentina y masiva plaga de millones de orugas misteriosas que surgieron de la nada. Estos voraces insectos devoraron absolutamente todo a su paso con una velocidad aterradora.
El fenómeno desafiaba cualquier lógica conocida por los colonos. En cuestión de días, los campos verdes y frondosos se convirtieron en paisajes desolados y oscuros, mientras el sonido de miles de mandíbulas masticando retumbaba en el aire como una lluvia constante. Los habitantes, presas de una profunda histeria colectiva, interpretaron la plaga como una maldición bíblica enviada por Dios para castigar sus pecados, organizando ayunos masivos y procesiones religiosas desesperadas.
El misterio se resolvió de la manera más cruda cuando el ciclo natural colapsó a los pocos meses y las aves locales, junto con las heladas tempranas, acabaron con los insectos supervivientes. Sin embargo, el evento dejó a las comunidades al borde de la hambruna y grabó en la memoria colectiva un trauma tan profundo que los cronistas coloniales lo bautizaron como la gran plaga de los ejércitos de gusanos, un recordatorio brutal de la fragilidad humana frente al entorno salvaje.
"Para combatir la plaga, las autoridades locales llegaron a declarar días de ayuno oficial en toda la colonia, ordenando a los ciudadanos que rezaran de rodillas en los campos devastados."