Europa del Este y Francia vivían una época donde la anatomía era un misterio sangriento. En el invierno de 1667, el médico real francés Jean-Baptiste Denys, inspirado por los primeros experimentos de transfusión en Inglaterra, decidió llevar la ciencia al límite absoluto. Convencido de que la sangre animal poseía una pureza mística, buscó curar las dolencias humanas mezclando fluidos de especies diferentes.
Su paciente fue Antoine Mauroy, un joven de 34 años con episodios de locura errática. Denys conectó una arteria de cordero directamente a las venas de Mauroy mediante tubos de plata. Tras la primera inyección, el paciente sufrió sudores fríos, vómitos negros y un pulso errático aterrador. Lejos de detenerse, el médico repitió el experimento una segunda y tercera vez, empujando al cuerpo humano a un rechazo biológico total.
Milagrosamente, Mauroy sobrevivió a las primeras sesiones, pero en el cuarto intento colapsó y murió en medio de convulsiones agudas. El escándalo judicial posterior obligó a prohibir las transfusiones en Francia y el Parlamento de París declaró la práctica ilegal, retrasando los avances hematológicos reales durante más de un siglo.
"La esposa de Antoine Mauroy fue acusada inicialmente de envenenar a su marido, hasta que se descubrió que el verdadero asesino había sido el entusiasmo médico por la sangre lanuda."