Corre el año 1748 en el Imperio Otomano y la próspera ciudad de Damasco se prepara para una temporada agrícola dorada. Sin embargo, la primavera trae un presagio apocalíptico: una masa colosal de insectos devoradores cruza el horizonte desértico bloqueando la luz del sol por completo. Los testigos contemporáneos describen cómo el zumbido ensordecedor de millones de alas impedía escuchar la voz humana a pocos centímetros de distancia, sembrando el pánico absoluto.
El fenómeno desafía la lógica de la época por su voracidad despiadada y sistemática. Las langostas no solo arrasan con los campos de trigo y los olivares locales en cuestión de horas, sino que comienzan a devorar la ropa de la gente en las calles, las cortinas de las casas y hasta las puertas de madera impregnadas de savia. Los habitantes, desesperados, recurren a rezos masivos en las mezquitas y a apilar fuego en las murallas, un esfuerzo completamente inútil ante el inagotable avance del enjambre.
La crisis cede únicamente cuando un repentino cambio en los vientos del norte arrastra los restos de la plaga hacia el mar, dejando tras de sí una hambruna devastadora que obliga al gobierno otomano a enviar caravanas de emergencia. Este evento quedó grabado en los anales de la región como uno de los desastres naturales más aterradores del Levante mediterráneo durante el siglo de las luces.
"Para sobrevivir al hambre extrema provocada por el enjambre, los habitantes documentaron haber consumido harina mezclada con los caparazones triturados de las mismas langostas."