Corre el año 1980 y América Latina es un polvorín ideológico debido a la Guerra Fría. En medio de esta paranoia anticomunista, los servicios de inteligencia del dictador dominicano Joaquín Balaguer detectan un supuesto movimiento guerrillero de extrema izquierda entrenándose en el extranjero con un plan descabellado: invadir la República Dominicana desde una diminuta y remota roca en medio del Caribe llamada Isla La Blanquilla. En lugar de verificar la información diplomáticamente, el alto mando militar dominicano decide adelantarse con una operación anfibia a gran escala.
El 12 de mayo de 1980, la armada y la fuerza aérea dominicana ejecutan un despliegue de guerra digno de una superproducción de Hollywood: buques de guerra bombardean las costas y aviones de combate sobrevuelan el territorio mientras cientos de marines desembarcan gritando y disparando contra la maleza. La sorpresa mayúscula ocurre cuando los comandos de élite aseguran el perímetro y descubren la cruda realidad: la isla está completamente deshabitada, no hay un solo guerrillero comunista y el único enemigo al que derrotaron fue a una solitaria colonia de cabras salvajes.
El escándalo internacional fue tan monumental que no pudo ocultarse bajo la alfombra de la censura militar. Resultó ser una gigantesca farsa basada en informes de inteligencia falsos fabricados por informantes que querían cobrar jugosas recompensas económicas. Para evitar una humillación diplomática aún mayor con Venezuela —país soberano al que pertenecía legalmente la isla—, el gobierno dominicano tuvo que retirar las tropas en silencio y pedir disculpas discretas, convirtiendo una invasión armada en el ridículo militar más sonado del Caribe.
"Para calmar las tensiones diplomáticas, el gobierno dominicano regaló suministros médicos a las únicas habitantes de la isla: las cabras que sobrevivieron al bombardeo."