Corre el año 1542 y el norte de África, especialmente la región que hoy comprende Marruecos, vive una de sus peores pesadillas agrícolas. Sin previo aviso, millones de orugas misteriosas surgieron de las entrañas de la tierra tras una sequía prolongada, formando una marea negra y viviente que devoraba absolutamente todo a su paso. Los cronistas de la época describieron el fenómeno como una maldición bíblica: en cuestión de horas, campos enteros de trigo, olivos centenarios y bosques enteros quedaban reducidos a esqueletos de madera.
La magnitud del desastre superó cualquier plaga recordada, desatando una brutal hambruna que vació ciudades enteras. La desesperación fue tal que el sultán de Marrakech convocó de emergencia a los sabios y líderes religiosos del imperio para aplicar una solución desesperada: organizaron juicios masivos contra los insectos, donde los cadíes (jueces islámicos) leían sentencias formales de condena a las orugas antes de ordenar a miles de ciudadanos salir con ramas y fuego a exterminarlas.
Aunque la ciencia moderna atribuye el evento a una explosión demográfica de la oruga de la alfalfa propiciada por oscilaciones climáticas extremas, el impacto quedó grabado para siempre en los anales del siglo XVI. La plaga no solo alteró el comercio de grano en el Mediterráneo occidental, sino que demostró la total impotencia del hombre renacentista ante la furia coordinada de la naturaleza.
"Para combatir la plaga, los habitantes llegaron a importar bandadas masivas de aves exóticas desde el corazón del Sáhara, pagando su peso en oro."