Corría el año 1625 en la pujante ciudad de Santa Fe de Bogotá, Virreinato de Nueva Granada. Un astuto aventurero español llamado Don Cristóbal de Sanabria ideó una de las estafas financieras más audaces del siglo XVII americano: fundar un convento de clausura completamente ficticio. Sanabria alquiló una casona colonial, vistió a un grupo de mujeres locales con hábitos religiosos falsos y convenció a la alta sociedad de que se trataba de una orden ultrasecreta y piadosa dedicada a la oración perpetua.
Bajo la fachada de recogimiento espiritual, el falso monasterio comenzó a operar como una máquina de recaudación implacable. Sanabria extorsionó a la élite colonial exigiendo dotes exorbitantes para las jóvenes que supuestamente ingresaban al noviciado, además de recibir generosas donaciones en oro, joyas y propiedades de encomenderos incautos que buscaban asegurar su salvación eterna. Durante meses, las supuestas monjas vivieron recluidas bajo estrictas reglas inventadas, mientras el estafador acumulaba una fortuna descomunal a plena luz del día.
El castillo de naipes se derrumbó cuando un visitador eclesiástico real exigió revisar las bulas papales que autorizaban la fundación del convento, documentos que por supuesto jamás existieron. Al verse descubierto, Sanabria huyó hacia los llanos orientales llevándose gran parte del botín, dejando atrás a las aterradas mujeres y a una Iglesia Católica profundamente humillada por haber sido burlada de la manera más insólita durante el apogeo del imperio español.
"Para mantener la farsa, el estafador obligaba a las falsas monjas a comunicarse con el exterior únicamente mediante silbidos y notas escritas a través de una reja oscura."