En la primavera del 518 a.C., la frontera entre los reinos rivales de Wu y Chu vivía en una tregua extremadamente frágil. En el pequeño poblado fronterizo de Beiliang, dos niñas campesinas salieron a recolectar hojas de morera para alimentar a los gusanos de seda de sus familias. Ambas pusieron la mano sobre la misma rama frondosa y ninguna quiso ceder. El forcejeo infantil terminó en arañazos, lágrimas y gritos, haciendo que las madres de ambas salieran a defender a sus hijas; la discusión vecinal subió de tono hasta convertirse en una salvaje pelea a golpes entre los clanes familiares.
El rencor se propagó como pólvora por el valle. Indignados por los golpes que recibieron sus parientes, los aldeanos del lado de Chu tomaron machetes y aperos de labranza, cruzaron el linde y masacraron sin piedad a la familia entera de la niña de Wu. La noticia del linchamiento llegó a oídos del magistrado local de Beiliang, quien no dudó en enviar a la guardia armada del distrito para arrasar el asentamiento agresor en venganza. Lejos de apaciguar las aguas, el incidente activó los engranajes militares del Estado: el gobernador regional de Chu consideró la incursión una invasión territorial formal y movilizó batallones profesionales.
El conflicto escaló a la cúspide del poder imperial en cuestión de semanas. Furioso por la supuesta provocación fronteriza, el rey Liao de Wu ordenó una invasión a gran escala y puso al legendario estratega militar Wu Zixu al mando de miles de soldados. La expedición punitiva aniquiló a los ejércitos fronterizos y saqueó dos ciudades enteras de Chu, Zhongli y Juchao, dejando tras de sí miles de cadáveres y campos calcinados. La insólita carnicería pasó a los anales de la filosofía china como la advertencia definitiva sobre cómo un capricho infantil desatendido puede reducir un imperio a cenizas.
"El pensador Lü Buwei inmortalizó este desastre militar acuñando la frase 'la calamidad de Beiliang', convertida en proverbio para advertir a los reyes sobre el peligro de las guerras accidentales."