En noviembre de 1885, el rey Milán I de Serbia miró con furia el mapa de Europa del Este: el principado vecino de Bulgaria acababa de duplicar su tamaño tras anexionarse Rumelia Oriental. Temiendo perder su hegemonía balcánica, el monarca serbio decidió invadir de inmediato, pero se topó con un dilema moral: sus propios soldados campesinos amaban al pueblo búlgaro y jamás aceptarían matarlos. La solución de la corona fue tan cínica como demencial: Milán I proclamó a sus tropas que marchaban en una misión pacífica para proteger a sus hermanos búlgaros de una inminente invasión otomana.
El ejército serbio cruzó la frontera en formación festiva, con bandas militares tocando marchas solemnes y los fusiles colgados a la espalda, totalmente convencidos de que entrarían en Sofía bajo una lluvia de flores. Mientras tanto, en el bando búlgaro reinaba el pánico: el zar de Rusia, ofendido por la crisis diplomática, había retirado a todos los altos mandos rusos que entrenaban a las tropas búlgaras. El ejército defensor quedó en manos de jóvenes subtenientes de apenas veinticinco años, lo que bautizó el conflicto como «la guerra de los capitanes contra los generales».
El choque en las colinas de Slivnitsa fue un delirio macabro. Cuando los inexpertos oficiales búlgaros divisaron a las columnas serbias avanzando al son de tambores, ordenaron abrir fuego de artillería pesada a quemarropa. Desconcertados por el ataque, los soldados serbios no respondieron de inmediato: creían que los búlgaros los habían confundido con tropas turcas y comenzaron a gritar sus nombres en dialecto eslavo mientras caían despedazados. En solo catorce días, los bisoños capitanes búlgaros destrozaron al veterano ejército serbio y persiguieron al rey Milán hasta su propio territorio, poniendo fin a una de las campañas militares más bochornosas del siglo XIX.
El pánico del rey Milán fue tan fulminante que abandonó a sus tropas en el campo de batalla y redactó su abdicación en un carruaje en fuga, creyendo falsamente que la caballería búlgara ya sitiaba Belgrado.
"Durante la retirada, Serbia solicitó auxilio a Austria-Hungría advirtiendo histéricamente que el ejército de adolescentes búlgaros borraría a su nación del mapa en menos de cuarenta y ocho horas."