Corre el año 1275 en la región del Lago Chad, África subsahariana. El poderoso Imperio Kanem-Bornu se encuentra en plena expansión militar bajo el mandato de sus temidos jefes militares. Tras meses de tensiones territoriales y disputas por rutas comerciales caravaneras, el ejército imperial marcha hacia la sabana para aniquilar a las tribus rebeldes de los Tebu, quienes han desafiado la autoridad soberana negándose a pagar tributos en ganado y sal.
La vanguardia imperial avanza con miles de lanceros y arqueros listos para la gloria, pero al atisbar las colinas donde acampa el enemigo, ocurre lo imprevisible. Los exploradores imperiales regresan pálidos de terror, asegurando haber visto fuerzas sobrenaturales y gigantes fantasmales formados en el horizonte. Sin verificar los hechos, cunde el pánico absoluto entre las tropas de Kanem-Bornu y el ejército entero emprende una desbocada retirada, abandonando armas, tiendas y provisiones en medio de la confusión.
Lo más absurdo de la crónica documentada por Ibn Khaldun es que los rebeldes Tebu, al ver huir despavoridos a los soldados imperiales sin motivo aparente, interpretaron la estampida como una maldición divina o una estratagema mágica superior. Aterrorizados por la repentina cobardía de sus propios perseguidores, los rebeldes también huyen despavoridos en dirección contraria, dejando el campo de batalla completamente vacío y convirtiendo el enfrentamiento en una comedia militar.
"Ambos ejércitos pasaron semanas atrincherados a kilómetros de distancia, temiendo regresar porque cada bando estaba convencido de que el otro poseía ejércitos invisibles de genios del desierto."