A principios del verano de 1904, las calles de La Habana sufrieron un fenómeno natural tan insólito como aterrorizante que dejó perplejas a las autoridades de la época. Sin previo aviso, millones de cangrejos terrestres migratorios emergieron de la costa y se adueñaron de la ciudad en una marcha imparable que cubrió avenidas enteras con una marea viviente de caparazones rojos y pinzas amenazantes.
El avance de los crustáceos provocó una genuina histeria colectiva entre los ciudadanos, quienes veían cómo los animales bloqueaban el paso de los carruajes y hacían descarrilar los tranvías eléctricos al patinar por miles sobre los rieles metálicos. La ciudad entera quedó parcialmente paralizada mientras los vecinos intentaban repeler la plaga con escobas, fuego y agua hirviendo sin ningún éxito aparente.
El misterio climoculto terminó cuando las autoridades movilizaron al cuerpo de bomberos y a cuadrillas municipales para limpiar las vías con picos y palas, acumulando toneladas de cangrejos que tuvieron que ser incinerados. Aunque este tipo de migraciones responde a ciclos biológicos de reproducción hacia la costa, jamás se había registrado una invasión urbana de semejantes proporciones en pleno corazón de la capital cubana.
"El olor putrefacto de los crustáceos aplastados impregnó el centro de La Habana durante semanas, obligando a usar desinfectantes industriales en las principales plazas públicas."