Durante los años ochenta, la tensión de la Guerra Fría llevó a la Armada de Suecia a la paranoia total ante presuntos submarinos espías soviéticos violando sus aguas territoriales. En octubre de 1981, el submarino soviético U-137 encalló accidentalmente en una base naval sueca, confirmando los peores temores de Estocolmo. A partir de ese momento, cada pequeño eco en los sonares desataba una respuesta militar masiva y altamente costosa.
El punto de máxima tensión ocurrió en la primavera de 1982, cuando los destructores y helicópteros suecos lanzaron cargas de profundidad contra supuestos sabotajes en el archipiélago de Estocolmo. La nación estuvo a horas de un incidente internacional con Moscú por ruidos extraños que perforaban el agua. Sin embargo, tras analizar grabaciones acústicas durante meses, los científicos descubrieron la verdad: el sonido bélico era simplemente el _flatulento_ murmullo de bancos masivos de arenques liberando gas.
El insólito fenómeno, conocido técnicamente como 'vandalismo submarino', obligó al comandante en jefe sueco a reír por no llorar y a reajustar los protocolos navales. La Armada había gastado millones de coronas en munición real para declarar la guerra a una gigantesca y ruidosa flatulencia marina, convirtiendo un potencial conflicto nuclear en uno de los papelones militares más grandes del siglo XX.
"Los biólogos marinos descubrieron que los arenques se comunican entre sí expulsando burbujas de aire anal, un código de lenguaje submarino que los sonares militares confundieron con hélices soviéticas."