Durante el apogeo de la dinastía Han en la antigua China, el emperador Wu instituyó un sistema fiscal tan bizarro que hoy parecería una broma de mal gusto, pero fue estrictamente real. El tributo de las lágrimas era una contribución obligatoria exigida a las provincias y, sobre todo, a las familias reales y nobles durante los periodos de luto oficial o crisis dinástica declarada por el estado.
Los funcionarios imperiales medían la lealtad y el dolor de los súbditos mediante cuotas exactas de tristeza institucional. Las mujeres de la corte y los funcionarios debían recolectar líquido lacrimal real en frascos especiales de cerámica para demostrar que sufrían lo suficiente por la muerte de un dignatario o por las desgracias del imperio, convirtiendo el dolor humano en una métrica burocrática y punitiva.
Aquellos ciudadanos comunes o burócratas incapaces de producir suficientes muestras de aflicción documentada eran severamente multados, degradados o incluso acusados de alta traición por falta de fervor patriótico. Esta extraña ley transformó la emoción más sincera en una peligrosa moneda de cambio que alteró por completo la relación entre el pueblo y el mandato imperial absoluto.
"Los inspectores imperiales utilizaban balanzas de precisión para pesar los frascos de lágrimas, penalizando a quienes presentaban muestras evaporadas o diluidas."