En la década de 1880, el sultán otomano Abdulhamid II convirtió su profunda inseguridad física en ley de Estado. Aquejado por una paranoia asfixiante y acomplejado por el prominente perfil aguileño de su rostro, ordenó a la Comisión de Inspección y Examen emitir un decreto formal que declaró estrictamente ilegal imprimir o pronunciar en público la palabra "nariz" (burun). Lo que parecía un capricho ridículo de palacio se transformó rápidamente en una persecución policial con espías infiltrados en imprentas, cafés y redacciones de todo el imperio.
La aplicación de la norma alcanzó niveles delirantes. Dado que en turco la palabra geográfica para "cabo" también es burun, los cartógrafos oficiales tuvieron que borrar el Cabo de Buena Esperanza de los mapas escolares y atlas náuticos para evitar ser acusados de sedición. Los manuales médicos sufrieron mutilaciones sistemáticas en las secciones del sistema respiratorio, obligando a los doctores a referirse al órgano como "el conducto olfativo", y un veterinario llegó a enfrentar un tribunal por alta traición simplemente porque su guía sobre el cuidado de caballos describía las fosas nasales equinas.
Esta purga lingüística no solo paralizó el desarrollo científico y editorial, sino que desató una explosión de panfletos clandestinos que ridiculizaban la censura imperial. Durante casi tres décadas, la sociedad otomana se acostumbró a hablar con metáforas y silencios forzados, convirtiendo el tabú de la nariz en el símbolo definitivo de la decadencia autocrática. El delirante decreto solo fue derogado en 1908, cuando la Revolución de los Jóvenes Turcos despojó al sultán de su poder absoluto y devolvió la anatomía básica a los libros escolares.
"La paranoia del sultán era tan extrema que sus censores también prohibieron los manuales de química con la fórmula H2O, convencidos de que era un mensaje cifrado que significaba 'Hamid II es igual a cero'."