En la Europa Occidental del siglo V a.C., la Antigua Roma era una sociedad obsesionada con el orden, la frugalidad y el autocontrol estoico, valores que empezaron a corromperse con los ostentosos y ruidosos rituales fúnebres de la época. Las familias pudientes contrataban a plañideras profesionales que se arrancaban los cabellos, se rasgaban las vestiduras y gritaban de dolor de forma tan exagerada que el caos público y el gasto económico descontrolado amenazaban la estabilidad social. Para frenar esta histeria colectiva financiada, los legisladores incluyeron una norma insólita en Las Doce Tablas.
La ley prohibía estrictamente a las mujeres 'amedrentarse las mejillas' o 'arañarse la cara' durante los cortejos fúnebres, y vetaba tajantemente los cantos lastimeros excesivos y los gritos de dolor exagerados en las calles de la ciudad. Sin embargo, esta draconiana medida desató un choque cultural sin precedentes entre la ley escrita y las tradiciones de duelo ancestrales. Las romanas encontraron rápidamente una forma de burlar la restricción que dejó en ridículo a los magistrados.
Al prohibirse el luto ruidoso pero permitirse conmemorar la memoria de los difuntos con discursos públicos, las mujeres comenzaron a asistir masivamente a las exequias para elogiar de forma hiperbólica, sarcástica o sumamente ruidosa a sus parientes, transformando el dolor en discursos políticos y sociales. Esta brillante argucia legal obligó a modificar las dinámicas del luto en todo el Imperio Occidental, demostrando que ninguna ley del Senado podía silenciar por completo el dolor... o la astucia ciudadana.
"Para evitar que las familias arruinaran sus fortunas, la misma ley también prohibía enterrar oro con los muertos, salvo una única excepción: si el difunto tenía los dientes sujetos con alambre de oro, este podía ser sepultado o incinerado con ellos puestos."