En el año 1518, la isla de La Española (actual República Dominicana y Haití) vivió un auténtico Apocalipsis entomológico. Una especie de hormiga desconocida, pequeña y roja, surgió de las entrañas de la tierra en cantidades industriales. Las hormigas no solo arrasaban con los cultivos de caña de azúcar, sino que se filtraban por las grietas de las casas, atacando a los habitantes mientras dormían. Los cronistas de la época describen el dolor de sus picaduras como si 'brasas de fuego' tocaran la piel, generando un pánico que paralizó por completo la vida en la colonia.
La desesperación llegó a tal punto que los pobladores creyeron que se trataba de un castigo divino o una maldición demoníaca. Como el fuego y el agua fallaron para detener la marea de insectos, las autoridades de Santo Domingo tomaron una medida surrealista: decidieron elegir a un santo protector mediante un sorteo público para que intercediera ante Dios. Colocaron nombres en un ánfora y, tras una solemne procesión, un niño sacó un papel. El 'ganador' fue San Saturnino, quien fue nombrado de inmediato Generalísimo contra las hormigas, con la promesa de celebrar su fiesta cada año si detenía la invasión.
El desenlace fue tan extraño como la plaga misma. Poco después de los votos al santo, la población de hormigas comenzó a disminuir drásticamente, aunque los historiadores modernos sugieren que se debió a un ciclo biológico natural o a cambios climáticos repentinos. Sin embargo, el impacto psicológico fue tan profundo que la ciudad mantuvo la tradición del desfile de San Saturnino durante décadas como escudo místico contra los insectos. Este evento quedó registrado como el primer gran caso de histeria colectiva en el Nuevo Mundo resuelto mediante el azar burocrático y la fe.
"Las crónicas aseguran que las hormigas eran tan agresivas que llegaron a devorar los ojos de los terneros recién nacidos antes de que pudieran ponerse de pie."